SENDEROS DE FE: MARIANO MARTÍ

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

Siguiendo el ejemplo de San Pablo y de Santo Toribio de Mogrovejo de ejercitar el ministerio episcopal itinerante, en visita permanente a las comunidades a él confiadas, nos encontramos con un obispo que realizó visita pastoral a los anejos continentales del Obispado de San Juan de Puerto Rico, a saber: Cumaná (1764), Barcelona (1765), Margarita (1766), Trinidad (1766) y Santo Tomé de Guayana, el Orinoco (1766-1767 y de nuevo Cumaná en 1768). Conoció y alabó la labor de los capuchinos y de los jesuitas presentes en aquellas lejanas tierras. La visita pastoral no pretende otra cosa sino fortalecer los senderos de la fe.

De la visita pastoral al oriente quedan pocas referencias. Lo más probable es que el prelado no contara con eficientes secretarios para la ardua tarea de recabar y ordenar el fatigoso trabajo de describir lugares, personas, referencias de diversa índole, desde la geografía y la botánica, pasando por los usos y costumbres, las denuncias de algunos vecinos y el termómetro de la práctica religiosa en la recepción de sacramentos, fiestas, procesiones, y cuanto se estime de interés. No olvidemos que estamos en pleno siglo XVIII y una de las características de la Ilustración era la visión enciclopédica de todos los asuntos.

Antes de regresar a San Juan, estando en Margarita fue testigo del terremoto de 1766. Enfermo de herpes y anemia regresó a la isla. Resentida la salud, sin lograr recuperarse plenamente de las molestias, le recomendaron los galenos la conveniencia de un cambio. Solicitó, entonces, al Consejo de Indias, su traslado a una sede de clima más benigno. Se dio la coyuntura de la muerte del Obispo de Caracas, Antonio Díez Madroñero, -quien le había conferido la plenitud del sacerdocio-, siendo trasladado a la Sultana del Ávila, lo que seguramente aceptó de buen grado.

Nos referimos al Obispo Mariano Martí a quien no le debió resultar desconocido el nuevo destino, pues probablemente cuando fue ordenado obispo en la población de La Guaira, pudo haber subido con el ordenante a la sede de la bucólica y pequeña población de la Caracas de la segunda mitad del siglo XVIII. Su primer contacto con tierra firme lo había hecho en su condición de obispo electo, aprovechando para hacer visita pastoral a las poblaciones de la costa oriental desde Cumaná hasta las riberas del Unare.

En marzo de 1770 se recibió la noticia en Caracas de su nombramiento para llenar la vacante caraqueña, a donde llegó poco tiempo después. Los trámites burocráticos para la toma efectiva de posesión y la total recuperación de la salud, lo retuvieron en su nueva sede hasta finales de 1772, cuando decidió emprender la visita pastoral a la extensa diócesis de Caracas y Venezuela. Abarcaba los territorios comprendidos desde la orilla oeste del río Unare por el oriente, hasta toda la Península de la Goajira por el oeste; hacia el inmenso sur, únicamente sabemos con certeza de los límites con el arzobispado de Santafé de Bogotá por los Andes y Llanos altos de Barinas. Lo que hoy son los territorios debajo de la Cordillera del Interior, -los llanos venezolanos-, estaban escasamente poblados, donde la acción de los capuchinos andaluces y catalanes misionaron con éxito durante el siglo XVIII. Los Jesuitas, en la Amazonía, fueron expulsados por el Rey Carlos III de los dominios de España, cuando el obispo llegó a Caracas. La lejanía y dificultades de la región jugaron en contra para su atención espiritual y social, entregada años más tarde a diversas órdenes religiosas.

Lo cierto es que la visita a la diócesis de Caracas duró trece años y tres meses, interrumpidos por seis breves regresos a la capital, en las dos décadas del pontificado de Martí. El comienzo del adviento era buen tiempo para el inicio de la visita, pues el incipiente verano, época seca y más fresca en el trópico caribeño, facilitaba los traslados por los fragosos caminos, el mar más tranquilo y los cauces de los ríos más bajos para vadearlos; así la gente podía acudir a la cita episcopal con mayor comodidad.

La Caracas de finales del siglo XVIII, era una población muy pequeña. Contaba, apenas, con cuatro parroquias: El Sagrario-Catedral, Altagracia, San Pablo (la del Nazareno) y la entonces más lejana del núcleo urbano, Candelaria. El resto de iglesias o capillas urbanas no eran todavía parroquias: San Mauricio, cercana a Altagracia, Santa Rosalía, hacia las apacibles aguas del cristalino Guaire; la Pastora y la Santísima Trinidad, en el norte de la ciudad, en el “camino de los españoles”, vía sinuosa y cansina para ir al mar. En el perímetro urbano cercano a la plaza mayor estaban los monasterios y conventos de las Carmelitas, la Inmaculada, Dominicos, Franciscanos y Mercedarios.

Los centros de enseñanza en Caracas eran pocos por decir lo menos: el Seminario-Universidad, -que está cumpliendo 300 años de su elevación para conferir títulos académicos-, y una escuela hogar para niños pobres en la esquina de Camejo. Tres hospitales: San Pablo, Caridad y San Lázaro. Y entre los oratorios sobresalían los privados, -varias familias importantes gozaban de este privilegio-, los de las Órdenes Religiosas y el Oratorio de San Felipe Neri, entre los predios que ocupan hoy, el Teatro Nacional y la iglesia de Santa Teresa.

Hagámonos una idea de lo que era el verde y limpio valle atravesado por el río Guaire al que le caían las numerosas quebradas y torrenteras de la montaña, con la mancha poblacional de los techos rojos del actual centro caraqueño, con pequeñas sombras de casas, mejor, fincas o haciendas. Y alrededor de alguna capilla o ermita, moradores con sus pulperías o centros de abastecimiento de bienes y servicios. Los contornos de la capital estaban constituidos por pequeños pueblos o vecindarios a los que se iba a “temperar”, de vacaciones, decimos hoy. A saber: Chacao, Petare, Baruta, El Hatillo, El Valle, San Diego, Carrizal, San Pedro, Antímano, La Vega y Macarao. Sentí emoción al ver estampada la firma “+Mariano, Obispo de Caracas”, en el libro de confirmaciones de Macarao, de 1762, durante la visita pastoral que concluía en la montaña antes de continuar a La Guaira y el litoral.

Mariano Francisco José Martí Estadella nació en diciembre de 1721, en Villa de Valls, Bráfim (Tarragona, España) y el 14 de enero de 1722, fiesta de San Hilario de Poitiers, recibió las aguas bautismales. Sus padres José y Gertrudis. Era el menor de siete hermanos; uno de ellos, Gregorio fue médico como su padre y abuelo. Estudió en el Seminario Tridentino de Tarragona y en la Universidad de Cervera se doctoró en derecho civil y canónico. No se tienen datos de cuándo y dónde se ordenó de sacerdote, pero debió haber sido alrededor de 1745. En Tarragona ejerció en la catedral y como vicario personal del arzobispo (1746-1756), entre otros cargos.

En diciembre de 1761 es designado obispo de Puerto Rico y en enero de 1762 viajó desde el Mediterráneo, vía Canarias, a Cumaná y La Guaira, donde recibió la ordenación episcopal de manos de D. Antonio Díez Madroñero, obispo de Caracas. Las leyes de Indias postulaban que quien era nombrado obispo para sedes fuera de la Península ibérica, debía recibir la ordenación en tierras americanas, para lo que había que buscar el obispo más cercano disponible a su sede.

Catalogar de hazaña la visita pastoral de Martí no es una exageración. Al contrario, es afirmar y admirar de lo que fue capaz planificar y llevar a cabo en aquellos tiempos, y a la vez, gobernar fuera de la sede principal usando de la correspondencia como medio privilegiado de comunicación y de ejercicio del poder a él confiado. Fue el obispo de la colonia que mejor conoció lo que hoy es Venezuela, pues en su condición de obispo de Puerto Rico visitó el oriente y sur del país.

Como obispo de Caracas, visitó el resto, con la excepción de los territorios pertenecientes al arzobispado de Santafé de Bogotá: parte de Barinas, Mérida y el Táchira. En esta visita contó con excelentes secretarios y amanuenses que se encargaron de recopilar toda la información, lo humano y lo divino, lo científico, geográfico, costumbres y usos, a los que hay que sumar las entrevistas a autoridades y fieles, en los que abundaron las denuncias de todo tipo. La labor catequética, la presencia de clero, las tradiciones religiosas, el cumplimiento de las normas para los sacramentos y la vida cristiana quedan retratadas en su obra, en la que sobresale la visión del pastor, el celo por las almas, y la gestión de un gerente dispuesto a todo, hasta dejar su vida por el bien de sus súbditos.

Curiosidades: fundador de Arenales (Lara 1776) y Valle de la Pascua (Guárico 1785), entre otras. Y, el 11 de abril de 1790, administró el sacramento de la Confirmación a Simón Bolívar. Falleció en Caracas el 20 de febrero de 1792 y sus restos reposan en la catedral.

Si se comparan los retratos de él, uno a su llegada y otro al final de sus días, se nota el desgaste natural por el paso de los años, pero también por los sacrificios de toda índole vividos en lugares tan diversos. Todo ello quedó compilado y ha sido publicado por la Academia Nacional de la Historia en sendos volúmenes que retratan a la Venezuela de fines del siglo XVIII, material valioso, tal vez el más completo, para conocer la memoria de lo que somos hoy herederos.

La Arquidiócesis de Caracas rinde homenaje a tan insigne prelado con una exposición y publicación a cargo del Archivo Arquidiocesano y Museo Sacro, como inicio de otras actividades a lo largo del próximo año. Tenemos conocimiento de una amplia programación en la Diócesis de La Guaira, con publicaciones y celebraciones, con motivo del 250 aniversario de la visita de Martí. Seguramente las otras diócesis hodiernas por donde pasó el obispo catalán, en fechas a convenir, conmemoren estas efemérides para hacer de la memoria del pasado motor de las nuevas iniciativas que exigen los tiempos que corren.

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