HOMILÍA DEL SR. CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO, EN LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO Y CENTENARIO DE LA MUERTE DEL VENERABLE DR. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ, EN LA IGLESIA PARROQUIAL DE CANDELARIA. Caracas, 29 de junio de 2019.

Queridos hermanos:

Nos congrega hoy una liturgia cargada de muchos simbolismos que nos invitan a reforzar y animar nuestra fe de creyentes en Jesús y en la Iglesia continuadora de su obra en el tiempo. La memoria de los príncipes de los Apóstoles Pedro y Pablo, pilares sobre los que se apoya y cultiva nuestra condición de creyentes, son una invitación a seguir sus huellas. Pedro, el primer Papa de la historia, es el símbolo de la unidad y el vigor de ser la piedra angular de la continuidad del cristianismo. Pablo, el misionero predicador en las periferias del imperio romano, nos dejó en sus cartas, enjundioso manjar para nutrir la fe que él recibió y esparció con pasión y constancia. Ambos sufrieron el martirio en la ciudad eterna, Roma, desde donde dimana la luz de la gracia para la humanidad entera.

Por eso, la memoria de estos dos grandes apóstoles está unida al Sumo Pontífice actual, Francisco. Hoy, es el día del Papa para que oremos por él, para que ratifiquemos de corazón y de acción, seguir sus pasos y sus requerimientos que tienen que ver con la alegría del evangelio en las mudables condiciones del mundo de hoy. Ser Iglesia en salida, poniendo en el centro el servicio a los excluidos desde donde toma sentido y vigor la fe que profesamos. Es también, esta fiesta, un llamado a la solidaridad en el llamado Óbolo de San Pedro, colaboración monetaria para que el Papa la use en ayudar a necesidades imperiosas de algunas comunidades cristianas, o para apoyar proyectos de evangelización y de caridad.

Estamos también aquí en esta tarde, a la vera de la tumba del Venerable Dr. José Gregorio Hernández, en el día centenario de su fallecimiento, en un accidente fortuito cuando iba presuroso a atender a un enfermo. El dolor de su ausencia física se torna para todos nosotros en presencia efectiva, pues nos mueve, no sólo pedir su intercesión en las necesidades, sino también, el anhelo profundo de seguir la huella de su vida, haciendo nuestro prolongar su testimonio a través de las ejecutorias de cada uno de nosotros. La oración que musitamos durante este año centenario es para impetrar la aprobación pontificia del milagro que lo convierta en el santo que tanto necesitamos para fortalecer nuestra fe y ser mejores discípulos y misioneros en medio de las muchas dificultades por las que atraviesa nuestra patria.

San Pedro, San Pablo y el Venerable José Gregorio Hernández, nos llaman a “procurar imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina”, como nos dice San Agustín en la homilía que predicó un día como hoy.

La Palabra de Dios que acabamos de escuchar se cumple hoy aquí en medio de nosotros. La razón de ser de su proclamación en la asamblea eucarística no es la narración de un hecho anecdótico. Al contrario es un llamado a aplicarlo en la existencia de cada uno de nosotros como personas y como miembros de una comunidad más amplia: la familia, el entorno de vida cotidiana, la situación de conflictividad y carencias de la sociedad venezolana.

La condición de creyentes no hace más fáciles los comportamientos de cada día. Por el contrario, somos objeto de burla, de marginación, de persecución y hasta de muerte. Nunca como en estos tiempos ha tenido la Iglesia católica tantos mártires en países lejanos y cercanos al nuestro. Gracias a la altísima credibilidad y confianza de nuestro pueblo en la Iglesia, a través de las instituciones de caridad y de servicio, se lleva algún respiro y esperanza a los más necesitados. La presencia en los lugares más inhóspitos es testimonio de la alegría misionera de numerosos sacerdotes, religiosas y laicos en las zonas populares y de frontera. Así le tocó a Pedro, el apóstol, encarcelado por Herodes para satisfacer la petición de quienes querían causarle la muerte. El ángel del Señor lo libró de todas sus ansias y por ello, lo bendigo en todo momento y la alabanza está siempre en mi boca (salmo 33).

Pedro, el apóstol que lo negó tres veces, que en ocasiones fue débil y timorato, sin embargo supo, con creces, superar sus deficiencias y entregar su vida por el bien de los demás. Pablo, el intrépido y arriesgado apóstol, afirmó al final de sus días que había combatido bien su combate y mantenido la fe. El Señor lo ayudó y le dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje (2Tim. 4). José Gregorio, no se envaneció por haber logrado ser un faro de ciencia y de luz en la Venezuela atrasada y pobre. Al contrario, fue un laico que sobresalió por las cualidades espirituales, por el prestigio de su ciencia y de su actividad profesional, y que por la ejemplaridad de su vida es orgullo y decoro de todo el pueblo venezolano.

Pedro y Pablo, en más de una ocasión dieron fe de que Jesús era el Mesías, el Hijo del Dios vivo. No sólo con palabras sino con el testimonio de sus vidas, en la preocupación por la evangelización y por estar siempre pendientes de los más pobres. Lo hicieron no por cuenta propia, sino porque esas palabras y esos gestos no se los reveló nadie de carne y hueso, sino el Padre que está en el cielo. José Gregorio ha tenido especial relevancia entre nosotros por la vigorosa espiritualidad y la profunda piedad eucarística, y sobre todo por el testimonio ejemplar que dio cada día en el mundo académico, en la de la cultura y de la ciencia, entre los marginados, pobres y sufridos.

Así como San Pablo le escribe a su discípulo Timoteo, ratificándole que “el Señor lo ayudó y le dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje para que lo oyeran todos. Así mismo lo libró de la boca del león y el Señor seguirá librándolo de todo mal, lo salvará y lo llevará al reino del cielo”; así mismo, tenemos nosotros en el ejemplo de estos hombres de Dios que impetrar la fuerza de la gracia para dar testimonio fehaciente a través de la oración y del trabajo. Nos recuerda el Papa Francisco que “desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas propuestas parciales y desintegradoras sólo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio” (EG 262).  

En una sociedad como la nuestra, herida por el desprecio a la vida, por el uso de la violencia para esclavizarnos y no dejar espacio a la libertad para que crezcamos en la fraternidad y el respeto de los unos para con los otros, los testimonios fundantes de los Apóstoles son signo seguro de estar en el camino correcto. Podemos tener la tentación de pensar que ese lejano ejemplo no es posible seguirlo hoy. Pongamos a José Gregorio Hernández como un ejemplo cercano, como un espejo donde vernos, para darnos cuenta que, como él, también nosotros tenemos la obligación de ser auténticos anunciadores de la alegría y de la paz, de la justicia y de la misericordia.

José Gregorio no fue un superdotado y un ser excepcional imposible de seguir e imitar. Los invito a que lean la novela que sobre su vida acaba de publicar un profesor universitario de la ULA, titulada “Médico del alma”. Allí constatamos un ser normal como cualquiera de nosotros, salido de este mismo suelo venezolano escaso en recursos y ayuno de muchos medios. Sin embargo, su constancia, su norte seguro como ciudadano y como cristiano lo llevó a ser lo que es hoy para todos nosotros: espejo de lo que cada uno de nosotros queremos y podemos ser con la gracia de Dios.

Multiplicar la plegaria y las acciones de bien al prójimo para impetrar al Altísimo nos conceda el regalo de su elevación a los altares es reto y compromiso que debemos asumir con entusiasmo, coraje y esperanza. Sea ese nuestro mejor regalo en este día.

Coincide también hoy la memoria del Corazón Inmaculado de María. Así como ella es la mujer de fe, que vive y camina en la fe, y su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de referencia constante para la Iglesia, debemos nosotros fijara en ella nuestra mirada, para que nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que todos nosotros nos convirtamos en nuevos discípulos anunciadores esperanzados de la buena nueva. En este caminar no faltan ni faltarán las etapas de aridez, de ocultamiento, de fatiga, como las que vivió María en los años de Nazaret. Es el estilo mariano con el que debemos volver a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. Ella es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de la justicia (ver EG.287-288).

Contemplando al Señor que nos libra de todas nuestras ansias nuestro rostro no se avergonzará porque cuando invocamos al Señor y participamos de la Eucaristía él nos escucha y nos salva de nuestras angustias (salmo 33). Que por la intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo, la compañía amorosa de María Santísima, y la cercanía afectiva a la vida y obras de José Gregorio Hernández, salgamos reconfortados para ser discípulos fervorosos que llevemos el cariño y la ternura a todos los rincones de nuestra patria. Que así sea.

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