HOMILÍA DEL MIÉRCOLES SANTO, DÍA DEL NAZARENO DE SAN PABLO, EN LA BASÍLICA DE SANTA TERESA. CARACAS, 17 DE ABRIL DE 2019.

Queridos hermanos:

De nuevo la fe y la tradición nos traen ante la venerada imagen del Nazareno de San Pablo. Yo siento una particular emoción al contemplar esta multitud de fieles que me hace sentir que el bautismo nos hace protagonistas y discípulos del Señor para el servicio a nuestros hermanos más necesitados. Mi emoción crece porque a la vera de este Nazareno nació y creció mi vocación sacerdotal. Me inicié como monaguillo en esta Basílica y de la mano de Mons. Hortensio Antonio Carrillo, aprendí a ver en el sufrimiento y dolor del Nazareno, el rostro amable y fraterno que me invitaba a seguirlo para servir al prójimo. Dios y la Virgen bendigan a todo el que se acerca con corazón contrito y limpio para llenarse de la fuerza trascendente de Jesús que sufre siendo inocente para conducirnos a la vida plena.

Entramos en la Pascua a paso de Pasión: la Semana Santa sabe a pasión porque nos el modo de ser de Dios que ahora se deja hacer, recibe, es pasivo ante nuestras actuaciones. A Jesús lo entregan, lo llevan de un lado a otro, lo empujan, le preguntan, lo golpean, lloran ante él, le dan de beber. Él recibe todo en silencio descubriéndonos la forma de ser de nuestro Dios que sigue, paciente, dejándose hacer para abrirnos su corazón y demostrar hasta dónde llega su pasión por cada uno de nosotros.

¿Acaso no es este Nazareno, cada uno de nosotros? Somos imagen y semejanza de Dios. Él asumió nuestra naturaleza humana para que nos hiciéramos dioses a su medida. Que no es el poder ni la prepotencia sino la debilidad que se convierte en fuerza transformadora por el amor auténtico. La Semana Santa huele a pasión porque es la revelación de nuestro Dios que padece, sufre, siente, sangra y llora por todos. La entrega por amor es siempre activa. La situación que vive nuestra patria de crisis profunda por falta de humanidad y respeto a las personas, es espejo de la pasión que recordamos en estos días santos. Son santos porque nos invitan a no desmayar, a poner en la misericordia y el perdón, el abrazo sincero con los demás. Sin convicción profunda de que la fraternidad es el camino de la felicidad, y no la invitación al odio y la violencia, caminamos por veredas torcidas.

Sintamos la Semana Santa con pasión pues saca de nosotros lo más hondo del alma, las virtudes que nos convierten en samaritanos de todo el que está tirado al borde del camino, y no en asaltantes que nos aprovechamos de la debilidad del otro para explotarlo y manipularlo. Estar con Jesús Nazareno así, nos coloca a cada uno ante nuestras pasiones y las de nuestro mundo. Y nos orienta hacia el nacimiento de una humanidad renovada, de un país renovado, sin maquillar el sufrimiento.

Tengamos pasión por la vida de nuestros hermanos y por la nuestra. Necesitamos la luz, la del sol y la del alma, para ver mejor, para vivir con dignidad, para trabajar con sosiego, para tener el agua que nos limpia y alimenta. Necesitamos pasión por la vida porque no podemos estar incomunicados, sin saber de los nuestros, sin tener acceso a la información necesaria para que la calma y la serenidad nos acompañen a lo largo de la jornada. Tengamos pasión por los niños desnutridos a quienes se les está negando el que puedan vivir o crecer con el vigor necesario. Tengamos pasión por los ancianos que requieren de nuestro cuidado y de nuestro afecto, para que se sientan acogidos y queridos. Tengamos pasión por el mal que vemos cuando observamos a tanta gente hurgando en un basurero en búsqueda del bocado que mitigue su hambre. Tengamos pasión por las personas que vemos bañándose en El Guaire, porque no tienen agua limpia para sus necesidades.

El Nazareno de hoy es el Jesús de ayer, tierno y afable en el pesebre, y es el Jesús de mañana, el del amor fraterno. Es el Jesús del Viernes Santo que entrega su vida para que tengamos vida porque la pasión y la muerte son camino de resurrección y de plenitud de existencia humana, espiritual, sobrenatural.

Ampliemos nuestra mirada más allá de nuestros propios intereses. Todos somos pueblo de Dios en la diversidad de oficios y profesiones. Hagamos memoria de lo que hemos hecho en compañía de otros, no en solitario, para que nos convenzamos de que la fraternidad y la solidaridad son camino seguro para la paz y el bienestar. Hagámoslo en clave de comunión, caminemos juntos para que seamos profetas de los nuevos tiempos que anhelamos y construimos juntos. El compañerismo y la hospitalidad impregnen todos nuestros actos para que no tengamos una visión reduccionista de juntarnos solo con los que son como uno mismo. Consolidemos una espiritualidad, es decir, una manera de ver y de pensar en la que los pobres, los excluidos, los de la periferia sean también parte de los nuestros. La conversión que requerimos no se ha agotado, y el servicio apenas está empezando. No nos cansemos ni desanimemos. La esperanza es el arma más poderosa de todo creyente que sabe que el camino es largo y sinuoso pero la meta es el premio a los que son fieles al Señor.

Querido Nazareno de San Pablo. Que tu sufrimiento y dolor, con esa mirada tan tierna y dulce, sea el mejor bálsamo para esta Venezuela que te quiere y venera, y confía en la fuerza y la cercanía de estar a nuestro lado para superar tanta miseria y opresión. Te ofrecemos la promesa de todos y cada uno de los que hoy te visitan, en esta Basílica y en cada uno de los templos y capillas de nuestra patria para que seas el consuelo de nuestros mayores, de los que están ausentes, de los enfermos, de los más débiles, de los que esperan una mano amiga que los levante. Bendícenos querido Nazareno junto a María nuestra madre querida, hoy Dolorosa, pero mañana Inmaculada y salud de todos. Que así sea.

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