HOMILÍA DEL CARDENAL BALTAZAR PORRAS EN LA MISA CRISMAL. CATEDRAL DE CARACAS. JUEVES SANTO 18 DE ABRIL DE 2019.

Bienvenidos queridos hermanos a la celebración de la Misa Crismal en el marco del Jueves Santo que nos invita a vivir en plenitud el misterio de la Iglesia de la que todos somos partícipes, protagonistas y servidores de la humanidad. No es un cumplido el que estemos presentes fieles laicos, consagrados, presbíteros y obispos en esta eucaristía. De manera sacramental y real expresamos la unidad en la diversidad de los múltiples carismas que adornan desde la iglesia local, la verdadera catolicidad de la Iglesia.

Tenemos la dicha de compartir una celebración especial que solo tiene lugar en las catedrales del mundo cristiano. Nos reunimos en nuestra condición de bautizados para vivir el misterio de la multiplicación de la gracia que se derrama abundantemente sobre los que se preparan para ser miembros de la Iglesia por los sacramentos de la iniciación; nos congregamos para tener muy presente a los enfermos, a los que necesitan el afecto de los seres queridos y la caricia de la madre Iglesia que vela por la salud de sus hijos; y participamos también en la consagración del santo crisma con el que somos ungidos con la gracia del Espíritu Santo para robustecer la fe y consagrarnos al servicio del pueblo a través del sacramento del orden; y a darle exclusividad de pertenencia a lugares y objetos destinados al culto. Es el rito de la bendición y consagración de los óleos sagrados, es la auténtica misa crismal que encierra un hondo sentido de vivencia eclesial.

En esta celebración eucarística, somos invitados de manera particular a profundizar el sentido del ministerio presbiteral. En primer lugar, nosotros sacerdotes debemos dar testimonio público ante nosotros mismos y ante el pueblo de Dios aquí congregado mediante la renovación de las promesas hechas ante el Obispo y ante el pueblo de Dios el día de nuestra ordenación. La primera lectura del profeta Isaías nos recuerda que hemos sido ungidos y enviados para dar la buena noticia a los pobres y a darles un perfume de fiesta en lugar de duelo. Es el ejercicio permanente de la vocación de servicio al pueblo que adquiere visos de urgencia en situaciones de crisis profundas como las que vive nuestra patria. Dar, mejor compartir buenas noticias, en medio de tribulaciones y desencantos, es ejercitar el valor trascendente de la esperanza que libera y abre horizontes a la convivencia pacífica y fraterna. Tarea que nos toca tejer como en una red el bálsamo oloroso y vivificante de los óleos junto con los demás miembros de nuestras comunidades.

El papa Francisco, en la homilía de su primera misa crismal, nos recordaba a los sacerdotes que la unción no era para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardásemos en un frasco ya que se pondría rancio el aceite…y amargo el corazón. “Hemos sido ungidos, para servir al Pueblo de Dios; nuestro sacerdocio es, por tanto, ministerial, en el sentido más auténtico de la Palabra. El sacerdote es, ante todo, el ser para los demás. Por eso, la Iglesia y, de forma especial, el ministerio ordenado, vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusora”.

Ahora bien, la experiencia nos dice que sólo podremos ser para los demás y brindarles misericordia, si antes descubrimos que Dios nos precede con su amor eterno, un amor que se manifiesta ante todo en la muerte salvadora de Jesucristo. Sólo desde este amor primero, al que hemos de volver siempre, podremos desarrollar el ministerio presbiteral y experimentar la dicha de ser pastores que viven y actúan con el gozo de saberse amados, sin angustiarse ante el futuro.

Hoy, somos invitados de nuevo a renovar el sentido de la oración, de los ejercicios espirituales, de la participación fervorosa en los sacramentos, de la preparación y renovación permanente mediante el estudio asiduo, para que no olvidemos que somos llamados y enviados por Jesucristo. Pero esto no podemos ni debemos hacerlo solos. No es nuestro esfuerzo personal sino la convicción de que tenemos que hacerlo en compañía, junto con aquellos que nos han sido confiados para pastorear.

Esto solo es posible desde la alegría y la paz interior que brota de quienes nos sentimos queridos, amados, perdonados por Dios, y por ello, podemos ser ministros de la misericordia y el perdón para los demás. Es la fuerza sanadora de la gracia que potencia en nosotros el trabajo pastoral fecundo.

En un mundo tan lleno de atractivos vanos, de circunstancias ajenas a nosotros que nos sumen en las esclavitudes a las que nos quieren someter los poderes terrenales nos vemos en la disyuntiva de optar por nuestros propios caprichos o por intentar día a día descubrir la voluntad del Padre siendo fieles a su voluntad no siempre fácil de encontrar en medio de los nubarrones y dudas que nos azotan constantemente. Hoy no basta tener fe sino que es necesario vivir de la fe.

Que el dolor y la pena insoportable de los escándalos provocados por nosotros mismos, al igual que el dolor y la pena a la que somos sometidos por quienes no respetan los derechos humanos elementales y nos quieren esclavizar con sistemas inhumanos, no quiebren la reciedumbre de una vocación que nos invita a cantar eternamente las misericordias del Señor. Recordemos al que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre, como nos dice el Apocalipsis en la segunda lectura de hoy.

El Papa Francisco nos recordaba recientemente: “¡No nos desanimemos! El Señor está purificando a su esposa y está convirtiéndonos a todos. Nos está haciendo experimentar la prueba para que comprendamos que sin Él somos polvo. Nos está salvando de la hipocresía y de la espiritualidad de las apariencias”.

Pertenecemos a una Iglesia que debe estar siempre en salida, hacia las periferias, con la preferencia por los excluidos que son la razón de ser de la opción preferencial por los pobres. Todo ello nos invita a mantener viva la fidelidad a este compromiso y darle más vigor y profundidad. Estamos rememorando los cuarenta años de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla de los Ángeles que significó junto con el Vaticano II y Medellín más que un punto de llegada, un punto de partida hacia una conversión permanente a la pobreza evangélica para hacer de ella un camino de santificación en solidaridad con los sufrientes, que nunca como ahora están presentes en nuestra realidad. En esta salida constante al mundo para encontrarnos con los hermanos, especialmente con quienes viven en las periferias existenciales, tenemos que revisar siempre la vivencia de la comunión entre nosotros y con los restantes miembros del Pueblo de Dios.

Una tarea importante es tomar más en cuenta, ampliar nuestra mirada y darles cabida a todos los miembros del pueblo de Dios en las tareas que hasta ahora hemos pretendido que son coto cerrado del ministerio ordenado. La participación de los jóvenes es indispensable para que puedan surgir toda la gama de vocaciones a la que son llamados los bautizados. El papel más activo y protagónico de hombres y mujeres en las dimensiones ad intra y ad extra de la Iglesia le dará vigor al testimonio cristiano en una sociedad secular. La vocación samaritana de servicio y ayuda al más necesitado; la puesta en práctica del perdón y la misericordia en una sociedad transida de una prédica constante a la violencia y al odio es el mejor antídoto para evitar tanto fanatismo inútil. El recordado Cardenal Eduardo Pironio repetía: La conversión no se ha agotado y el servicio apenas ha empezado. Es don y tarea. Es el llamado a la solidaridad, a caminar juntos para que la eclesiología conciliar y el profetismo de nuestra iglesia latinoamericana sean una realidad asumida por nosotros. En ello, necesitamos acrecentar la comunión y para concretar la íntima fraternidad sacerdotal, hemos de favorecer mucho más las formas de vida común: la oración, el trabajo pastoral e, incluso, el tiempo libre.

Lo anterior lo haremos posible, si todos, bautizados, consagrados y ordenados, buscamos crecer y madurar en la espiritualidad. En la clausura del Concilio, Pablo VI señaló que la antigua historia del samaritano había la pauta espiritual del Vaticano II. Solo en esa tónica podemos crear el espacio para experiencias y reflexiones en la línea de la Iglesia de los pobres en consonancia con fidelidad y creatividad desde nuestra cultura religiosa.

Que esta Misa Crismal sea una oportunidad para profundizar en la necesidad de aquella conversión pastoral a la que nos llama el Papa Francisco, para que cuando proclamemos su palabra o impongamos los óleos sanadores, podamos decir como Jesús en la sinagoga de Nazaret: hoy se cumple esta palabra que acaban de escuchar.

En el ejercicio de nuestro ministerio y en cualquier actividad eclesial, no debe faltar una mirada tierna y agradecida a la Santísima Virgen, la Madre de la misericordia, para aprender de Ella a ser misericordiosos con todos, comenzando por los que tenemos más cerca, por los fieles de nuestras comunidades y por los hermanos en el ministerio. Que María interceda por nosotros ante su Hijo y nos conceda abundantes vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y a la multiplicidad de vocaciones laicales para crecimiento humano y espiritual de nuestras sociedades. Que, al llevar solemnemente los óleos consagrados a cada una de nuestras comunidades, se renueve la vocación de servicio alegre de ser servidores de la esperanza que transforma y enriquece. Que así sea.

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