EL CARDENAL EDUARDO PIRONIO

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

El 3 de diciembre habría cumplido cien años Eduardo Pironio (1920-2020), argentino, hijo de inmigrantes italianos, siendo el último de 21 hermanos. La Iglesia argentina y los residentes en Roma han preparado una serie de actos conmemorativos, eucaristías, charlas, reedición de sus muchas publicaciones, pero sobre todo, exaltar sus virtudes humanas y cristianas que lo hace acreedor a los altares. Terminada la fase diocesana del proceso de beatificación, esperamos que pronto lo tengamos como ejemplo de vida cristiana, alegre y esperanzado, en un mundo en conflicto en el que le tocó sortear numerosos escollos. Uno de los padres de la renovación postconciliar en Medellín (1968), promotor de la renovación del CELAM producto de las exigencias del Vaticano II, uno de los primeros teólogos de la nueva teología latinoamericana, llamado por el Papa San Pablo VI a Roma donde vivió el último cuarto del siglo XX al frente de la Congregación de Religiosos y del Pontificio Consejo de los Laicos.

Sacerdote, obispo y cardenal, fue ante todo, un cristiano de a pie. Sencillo, noble, acogedor, sufrido por diversas circunstancias, fue adalid de la esperanza contra toda esperanza. Sus obras así lo reflejan y quienes tuvimos la dicha de tratarlo de cerca lo podemos afirmar sin rodeos. A comienzos de este año le dediqué una breve crónica. Siento, ahora, la necesidad de unirme a las celebraciones centenarias de su nacimiento porque, antes de conocerlo personalmente, sus escritos eran lectura obligada y reconfortante para los jóvenes sacerdotes que bebíamos en el Concilio y en Medellín la savia generosa de la espiritualidad latinoamericana.

La vinculación del Cardenal Pironio con la Congregación de las Hermanas de la Presentación de Granada me condujo, por azar, mejor por providencia, a gozar de su amistad, cercanía y consejo. Recién nombrado obispo coincidí con él y su secretario el Padre Fernando, hoy obispo al servicio del Vaticano, en la casa de las hermanas en la Sierra Nevada de Granada. En ambiente estivo y festivo, lo acompañé en largas caminatas por la sierra durante dos semanas. Descubrí al hombre de Dios, de profunda espiritualidad, maestro de vida, sacaba de sus muchos momentos de dificultad, la lección transformadora de la gracia. Desde los inconvenientes de su nacimiento por la salud de su madre, el foguearse durante la dura dictadura de su patria, su empeño por la renovación de la Iglesia sin estridencias, con paciencia y constancia, su amor a la Virgen, su pasión por la formación del clero, de los religiosos y de los laicos, con especial énfasis en los jóvenes, lo hizo ser un auténtico pastor con olor a oveja.

Su casa paterna de 9 de Julio, la cedió a las Hermanas de la Presentación. En su compañía pasé la semana santa de 1987, luego de la visita del Papa San Juan Pablo II a Argentina y la Jornada Mundial de la Juventud. Sus hermanos, sobrinos y multitud de amigos, lo veneraban y trataban con cariño y lo rodeaban de esa ternura que nos asoma a la belleza del pesebre. Su residencia en Roma, en el Palacio del Santo Oficio, era de puertas abiertas, donde pude compartir misa, mesa y largas conversaciones que enriquecieron mi vocación.

En el Sínodo de América (1997) nos vimos como padres sinodales. Él había estado en todos los sínodos postconciliares desde la creación del mismo por Pablo VI. A los pocos días se enfermó, descubriéndose el cáncer que lo consumió en pocos meses. Por las tardes, luego de concluir las sesiones de trabajo, pasábamos a saludarlo un pequeño grupo de obispos, entre ellos Rodríguez Melgarejo, Jorge Mario Bergoglio y un servidor. No se quejaba, rezumaba bondad y serenidad. Nos pedía orar por la Iglesia, por el Sínodo y por él. En diciembre, concluido el sínodo me despedí de él, y diciéndole que nos veríamos de nuevo en febrero (1998) en otro encuentro romano. Me dijo, no sé si nos veamos…llegué a la ciudad eterna el día de su muerte y participé en la misa exequial en San Pedro antes del traslado de sus restos a la Basílica de Luján, donde quiso reposaran sus restos.

He participado en varios eventos relativos a su persona, y consigné mi testimonio ante el tribunal de su causa. Me uno ahora, en medio de esta pandemia que nos aísla pero nos proporciona otros medios para estar conectados a las efemérides que en Argentina y Roma están en curso. Toda América Latina le es deudora de sus afanes y servicios. Dios quiera y el proceso de su beatificación corra presuroso pues es uno de los testigos de primera línea de la renovación conciliar tan del magisterio del Papa Francisco.

Pido excusas porque estas confidencias personales, muy íntimas, no pretenden ser motivo de vanidad, sino de haber tenido la dicha de tocar y palpar la santidad muy de cerca. Cardenal Eduardo Pironio, ruega por tu patria grande, por tu casa común, el mundo entero y por quienes te conocimos, tratamos y quisimos.

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