CON RITOS

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

Asistimos a una fiebre iconoclasta que atraviesa a la mayor parte de los pueblos del mundo. No se puede achacar sin más a desalmados de culturas fanáticas, ignorantes o maleantes. Las noticias nos traen día tras día, atentados contra imágenes religiosas, por el simple hecho de que una parte de la población no comulga con ese credo. Pero, también, observamos la destrucción de estatuas de personajes que llenaron alguna página de la historia, con la que ahora no se comulga. Piensan que así, se lavan los supuestos pecados del pasado, como si eso fuera la solución de los problemas del presente.

No somos ausentes en nuestra cultura criolla a esta peste. Tumbar la estatua de Colón por considerarlo un intruso que nos trajo el atraso y la destrucción de las culturas ancestrales, imponiendo los postulados de un imperio detestable, es una solemne tontería, para decir lo menos. Nuestros gobernantes han tenido desde la independencia hasta nuestros días, el prurito de denigrar del pasado porque, supuestamente, la felicidad comienza ahora. Cuanto ha costado reconocer que el largo período colonial, con sus lacras y sus logros, querámoslo o no, ha configurado la identidad de lo que hoy somos. Cárceles lúgubres han sido las preseas de no pocos gobiernos dictatoriales y democráticos. La Rotunda y el Retén de Catia fueron demolidos para que no quedara ni rastro de aquellos antros de inhumanidad. Pero todo sigue igual porque las cárceles de hoy, con el nombre que le queramos poner, no son un dechado de humanidad.

Si lo anterior fuera lo correcto, tendríamos que pedir que los monumentos a Nerón en Roma, o los suntuosos palacios de reyes déspotas, o las obras construidas por dictadores como Pérez Jiménez fueran demolidos como barajitas de papel. Nos quedaríamos sin autopistas y sin las represas, o la electrificación o los acueductos levantados en esos tiempos infames. En su lugar se erigen monumentos y se levantan leyendas épicas a personas que tienen poco que enseñar a las presentes generaciones como no sea sino el reverso que mueva a los jóvenes de hoy a hacer lo contrario.

Poner la iconografía y los ritos identitarios en lo banal despoja a los pueblos de la brújula que enrumbe el camino del presente y el futuro. Por eso todo queda en lo banal, en lo desechable, en lo que cambie según la moda y la emocionalidad del momento. Con ello, nos parecemos más a los insensatos constructores de la torre de Babel, quedando confundidos en la pluralidad de intereses bastardos que no ayudan a cimentar una cultura humanista, integral, de valores trascendentes.

 El secuestro de los ritos y símbolos religiosos, no tiene otro fin sino desfondar, quitarles el sustrato que le da vigor para el bien. La fortaleza de los símbolos y ritos religiosos es tal que constituyen parte integrante de lo positivo de nuestra gente. Razón tiene la teología latinoamericana al valorar la religiosidad popular en su integridad como motor de lo más noble que hay en el corazón humano. Aparecida y el magisterio del Papa Francisco le conceden valor de auténtica expresión religiosa, de verdadero sentido evangélico, a las muchas tradiciones que unen a nuestros pueblos en la búsqueda del bien y del servicio desinteresado al prójimo.

Buen ejemplo tenemos en la devoción a José Gregorio Hernández. Sus rasgos muy venezolanos y muy cristianos, no coinciden a plenitud con la conducta de muchos de nosotros. Sin embargo, nos identificamos con él porque el anhelo de superación y de trascendencia, de la búsqueda de verdad y de justicia, está inserto en el alma de nuestros coterráneos, buscando a veces a ciegas y otras con pleno conocimiento, la verdad del evangelio que nos invita a construir el cielo desde ahora, pisando la casa común, escenario que nos dejó el creador para transformarlo. Los ritos cuando no se despojan de su sentido son expresión del amor a Dios retratado en los rostros de los más vulnerables.

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