CENTENARIOS DE ARTISTAS Y MUSEOS

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

La belleza y el arte deben estar presentes aun en tiempos de coronavirus. La inmediatez de las urgencias tienen el peligro de hacernos perder de vista la globalidad de la existencia en la que “no todo es rigor” como decía un viejo jesuita, el P. Leocadio Jiménez cuando alguien se sentía abatido por algún problema. Pintores como Rafael Sanzio y museos como el del Prado en Madrid, no deben pasar desapercibidos, pues en nuestro país, hablar de artistas o de museos, pareciera que carece de importancia, más aún, en estos últimos tiempos hemos padecido una desidia que ha desmantelado buena parte del patrimonio artístico para dar cabida exclusivamente a los héroes de una inexistente revolución. La memoria sin belleza es una mueca que termina despreciando la dignidad humana.

En medio de esta pandemia conviene recordar que hace quinientos años, el 6 de abril de 1520, a la edad de 37 años moría Rafael, el gran pintor de las Estancias y de la Transfiguración. Su arte, profundamente cristiano, tiene una palabra de consuelo también para nuestros días. En la Escudería del Quirinal en Roma se conmemora la fecha en una exposición monográfica que exalta la cercanía del arte de este genio que calza muy bien con nuestro tiempo. «El arte de Rafael está, de hecho, más cerca del mundo contemporáneo de lo que se podría pensar. Este quinto centenario cae justo en medio de la emergencia que ha conmocionado al mundo entero. Rafael es un artista de la paz y el diálogo: son valores muy actuales en un momento histórico en el que la solidaridad es una necesidad esencial».

En palabras del historiador del arte Rodolfo Papa, «Rafael es el culmen de toda la cultura artística occidental y cristiana: es la culminación de una tradición que ha llevado al desarrollo de un arte propio del cristianismo». Incluso de acuerdo con el Papa, Rafael sigue siendo «un modelo todavía válido hoy» para las invenciones artísticas, así como por su gran capacidad de dibujo. Entre las muchas obras de la producción del ciudadano de Urbino, no podemos olvidar los famosos tapices, extraordinariamente devueltos a la Capilla Sixtina del 17 al 23 de febrero pasado. «El que representa la conversión de Saúl – recuerda el profesor Papa – influyó en los frescos de la Cappella Paolina de Miguel Ángel y, a través de ellos, en la obra maestra homónima Odescalchi de Caravaggio». La grandeza de Rafael radica, por lo tanto, en ser capaz de contener lo antiguo, que le precedió, e inventar un arte que se convertiría en un modelo para los siglos siguientes”.

Por otra parte, a finales del 2019 el Museo del Prado celebró por todo lo alto su bicentenario. El rey Carlos III en aras de su espíritu ilustrado creó una serie de instituciones científicas entre las que estuvo el Real Museo de Pintura y Escultura, que en 1868 pasó a denominarse Museo Nacional de Pintura y Escultura y posteriormente Museo Nacional del Prado. Abrió sus puertas al público el 19 de noviembre de 1819 con 311 pinturas de la Colección Real, todas de autores españoles, colgadas en sus muros. Si ir a Roma y no ver al Papa es inconcebible, no lo es menos, ir a Madrid y no visitar El Prado. Su historia, como la de toda institución humana, ha tenido altibajos, pero con orgullo puede erguirse como uno de los monumentos más señeros que rinde homenaje al genio del arte que bulle en la mente de hombres y mujeres que reconstruyen la creación con la magia de la imaginación que habla por sí sola de la capacidad transformadora que tiene la mente y las manos del ser humano.

Es de tal magnitud El Prado que es inabarcable en una fugaz visita, explicable en un primer acercamiento que abre el deseo de disfrutar con calma, el acercarse a alguna de las salas preferidas o solazarse en las exposiciones temporales, como “el maestro de papel, cartillas para aprender a dibujar de los siglos XVII al XIX”, o “Historia de dos pintoras, Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana”, que en el marco del bicentenario tuve la dicha de contemplar y aprender.

Para Sócrates, la belleza es la expresión del alma, y Santo Tomás la define como aquello cuya contemplación agrada. Lo bello está referido a lo inteligible y vinculado con la verdad y la bondad moral. Kant, por su parte, relaciona la belleza con la libertad porque nuestra vida no está sometida al destino y al determinismo. La violencia y la chabacanería que pretende enquistarse entre nosotros es la negación de lo más noble que tiene el ser humano. No nos dejemos robar la belleza.

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